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Es usual que al enseñar ciencias o matemáticas en un
colegio surja entre los estudiantes la siguiente interrogante: “¿Para qué estudiar esto?”. En definitiva,
es una pregunta válida que debe responderse de una manera adecuada. Comúnmente
la mayoría de docentes pensarán que en parte tienen razón los jóvenes en
cuestionar esto y responden que es un requisito, y otros más responderán que la
ciencia está ligada a todo en nuestra vida cotidiana, y dando unos ejemplos muy
específicos intenten apaciguar las dudas de los estudiantes. Sin embargo, en
este apartado abordaremos esta pregunta (“¿para qué estudiar ciencias?”) desde
una perspectiva mucho mayor: su importancia y su papel preponderante en el
bienestar general de un país.
En Costa Rica y muchas otras partes del mundo es común
hoy en día escuchar o leer en los noticieros y periódicos que el país atraviesa
una seria crisis para mantener la economía, generar fuentes de empleo,
responder adecuada y prontamente a los problemas sociales y ambientales. Aunque
lo más probable sea que al preguntarle al grueso de la población qué relación
tiene la ciencia con esto la respuesta mayoritaria sea que poca o ninguna,
realmente estaríamos muy equivocados.
La situación anterior puede cambiar drásticamente si
relacionamos más estrechamente la ciencia y la tecnología. Todos están, de
alguna manera, en contacto con la tecnología en su vida diaria: televisores
para los tiempos de descanso, celulares inteligentes para comunicarse,
computadoras rápidas que facilitan las actividades laborales… El papel que han
representado y representan la ciencia y la tecnología en la sociedad es casi
indiscutible (Gutiérrez, Gómez y Martín-Díaz, en: Membiela, 2001).
Cuando relacionamos estrechamente la ciencia y la
tecnología, y se alfabetiza a la población sobre esa relación, en definitiva,
cambiará la percepción de la ciencia como una carga, un lujo o incluso una pérdida
de tiempo. Pensemos por un instante en la definición de competitividad, para
abordar luego la relación de este trío ciencia-tecnología-competitividad más a
fondo.
Para Berumen (2006), definir la competitividad a nivel
macroeconómico es complejo porque no existe un acuerdo general como si lo hay
para determinarla a nivel microeconómico. Este autor la define como
[…] la capacidad de los países, regiones o
localidades para producir bienes y servicios que compitan eficientemente con el
exterior y en el exterior, y que los beneficios derivados impactan en el
incremento de la renta (tanto de los factores como del empleo) y la calidad de
vida de los habitantes del país, región o localidad, en la medida de lo posible
y lo deseable, de forma sostenible. (p. 50).
En relación con la definición anterior, es posible
identificar el papel central que juegan la ciencia y la tecnología en la
palabra eficientemente. Esta relación
queda confirmada cuando los diferentes indicadores mundiales en esta temática
determinan la madurez tecnológica y la innovación como pilares fundamentales de
la competitividad de un país (Sánchez, 2009).
La idea
clave para entender esta relación se encuentra en que sin ciencia no hay
tecnología, y sin mejores tecnologías que se pongan a disposición de la
industria nacional y los demás sectores productivos no hay un crecimiento
rápido y eficiente de la producción de bienes y servicios con alto valor
agregado que puedan ser cotizados en el mercado mundial, y con ello, hay un
menor ingreso de recursos que puedan ser aprovechados en el país para generar
desarrollo humano. Este desarrollo humano debe considerarse en sus extremos más
amplios. De esta manera, para Rubio, “la ciencia no únicamente apuntala la
competitividad de un país, sino además la sustentabilidad ecológica, económica
y social –únicamente es competitiva a mediano y largo plazo una nación que
apuesta por la consecución y la continuidad de estos aspectos fundamentales–.”
(en: Borjas y Bucio, 2006).
La labor de
la educación científica en esta promoción y divulgación de la ciencia y la
tecnología es fundamental, pues debe iniciarse desde las etapas más tempranas
de la formación de las nuevas generaciones. Cada vez es más predominante la
noción de que la educación científica en la enseñanza básica debe promover la
creación y mantenimiento de una cultura científica para todos, lo cual implica
no dar énfasis a los contenidos técnicos sino en la involucración de la ciencia
en la vida cotidiana de los estudiantes, lo cual redundaría en un mayor apoyo
al desarrollo científico y tecnológico de los países (Marco-Stiefel, en:
Membiela, 2001). ¿Cómo? Sabemos que la mayoría de los estudiantes no serán
científicos naturales en el futuro, pero entre ellos están los próximos
políticos, administradores industriales y otros que podrán apoyar con
financiamiento y políticas públicas y privadas el avance de la ciencia en la
investigación y consecuentemente, la producción de tecnologías de punta a nivel
nacional (Rubio, en: Borjas y Bucio, 2006).
Por lo
tanto, no puede negarse la relación horizontal que existe entre la educación
científica y la promoción de la ciencia y la tecnología nacionales, que son
componentes fundamentales de la competitividad del país. Las políticas públicas
deben fomentar una educación científica que alfabetice a la población y le
permita valorar la relevancia de la investigación científica en el desarrollo
humano sostenible del país, y por supuesto, fomentar la investigación
científica y tecnológica mediante la formación de investigadores en las
universidades y facilitando fondos de inversión destinados a la investigación,
la innovación y desarrollo de tecnologías.
REFERENCIAS
Berumen, S. (2006). Competitividad
y desarrollo local. Madrid, España: ESIC.
Borjas, A. y Burcio, M. (Coord.). (2006). La ciencia y la tecnología como ejes de la
competitividad de México. México D.F., México: Centro de Estudios Sociales
y de Opinión Pública.
Membiela, P. (Ed.). (2001). Enseñanza de las ciencias desde la perspectiva
Ciencia-Tecnología-Sociedad. Formación científica para la ciudadanía. Madrid,
España: Narcea.

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